Borrador desechado: retazos de sombra

Regresar a la penumbra, donde lo que fui no se distingue con la noche. Las palabras se pierden hasta convertirse en suaves vientos que apenas rozan el oído y desaparecen al voltear la calle dónde espera… Dónde espera…

Las sombras son llaves y alguna vez fui sombra, alguna vez fui sombra… Una sombra que conquistó Roma y su corazón, y se regocijó bebiendo ambrosía de sus labios.

Ahora convertido en nada más una sobra, una ruina sin belleza de la que no pueden distinguirse esos tiempos pasados. ¿Pasará con otros? No importa si cierro los ojos, la noche sigue siendo la misma en los sueños que me torturan.

Fui una sombra, y en los momentos más bajos renegué de mi naturaleza, querer ser una luciérnaga, el mismo sol, sin embargo casi opuesto a la luz que una vez ella creó, yo me proyectaba a lo lejos esperando que algún día fuéramos uno, cuando la negrura, que todo lo cubrirá en su momento nos abrazara convirtiéndonos en uno.

El corazón está estrujado, apuñalado con dagas y espadas, pero no hay sangre que brote, y no estoy muerto, pero duele, escuece. No hay marcha atrás y empalado una y otra y otra vez debo dar un paso tras el otro, esperando algún día morir desangrado.

¿Qué pasará con ella cuando yo desaparezca? Ya no hay sombra que la exponga, pero no estará sola. Será un espejo, una copa, un muñeca de trapo en el armario, vigilándola en las noches cuando sus sueños intranquilos vayan a cazarla. Si desaparezco que recuerdos habrán en su memoria? ¿Qué hay de recordar ahora? Soy amargura y las demás frutas serán más dulces cuando las coma… Fui una llave, una sombra, una sobra, no soy nada…

Fractura de sueños reflejados

Alicia se vio frente al espejo, y tal sorpresa tuvo. Su reflejo no era ella, pero lo era. Aunque su imagen era diferente, había algo que era idéntico. ¿Qué era? Tal vez la Alicia del espejo no tenía su mismo nombre, y el mundo – Aunque no podía verlo al estar su reflejo frente a ella – también podría serlo. Sin embargo, era Alicia. Como si su alma fuera una reflejada. Mientras observaba a la Alicia del espejo, la Alicia reflejada hacía lo mismo, confundida. El reflejo de Alicia era una joven sin corazón que un demonio se lo arrebató pues no funcionaba como debería y cuando llegó la hora de morir y haber convertido al demonio en su leal amigo. Apareció en una habitación con tres espejos cada uno elaborado con joyas diferentes: Rubí, Oro y Diamantes. Así como las joyas eran diferentes, también lo eran sus reflejos.

La Alicia sin corazón observaba el espejo de rubí y su reflejo, confundido, le devolvía la mirada.  ¿Quiénes eran aquellos reflejos? Todos diferentes y sin embargo era ella en esencia. Después de la muerte estaba la habitación circular, y los reflejos que invitaban a observarse, buscando aquellas contradicciones de su ser. El espejo de oro le enseñó una mujer muy joven con los ojos vendados en constante agonía, como un fantasma, fragmento de un sueño, como muerte refractada; buscando tocar el otro lado, su mundo, con los dedos. La Alicia con ojos vendados al igual que la Alicia anterior, estaba extrañada con su encuentro con el espejo. El cristal, como agua de un estanque, se distorsionaba con las puntas de sus dedos que veían más allá de aquel velo.

Una mujer sin corazón. – dijo la Alicia vendada -.  Y la otra Alicia ha despertado de un desierto soñado, ¿Quién será mi yo del espejo de diamantes?

Cuando se dirigió al espejo de pared que reflejaba su cuerpo por completo tropezó y cayó al suelo, el reflejo se tambaleó y sintió dolor por su Alicia reflejada a quien no pudo ayudar. Arrodillada extendiendo la mano. Su falda adornada como los verdes campos de las praderas, y su cabello que recordaba los colores de la primavera. La Alicia vendada se incorporó y tocó el espejo; así mismo hizo la Alicia reflejada, llamada Esmeralda en aquel mundo habitado por dragones. Y tocando sus manos separadas por el cristal, se reflejaron entre ellas; y los espejos brillaron desesperados, ansiando ser uno, los ojos hicieron contacto, incluso vendados, y sus ojos eran espejos, y aquellos espejos se reflejaron eternamente donde en eternidad habitaron. Las cuatro Alicias se observaron permanentemente en aquellos tres espejos, esperando a que el destino creara un nuevo reflejo, uno que permitiera algo más que ver una nueva realidad, una Alicia que fuera ella, de un pasado desconocido y una historia que quizás no esté escrita, y nunca lo esté.

La primera Alicia volvió a soñar sobre el desierto, la Alicia sin corazón nuevamente escuchó las historias que el demonio le contaba; la Alicia de los ojos vendados esperó en su castillo, la ruina azul, un consuelo de aquella maldición eterna del azul de su dolor, el azul de su agonía. Esmeralda, la última Alicia reflejada en el espejo escribió miles de historias de viaje, una por cada día de la primavera, esperando el momento para viajar por su cuenta. Todas ellas buscaron en sus almas ese recuerdo que no quiso desaparecer, algo que nunca debió estar allí en sus almas separadas. El recuerdo de sus otros reflejos, aquellos que aparecen nítidos y brillantes como las estrellas. En los espejos del sueño, en la sombra de la muerte.

El Corte de una Mariposa

Cuando llega la estación de lluvias suelo asomarme al balcón hasta que la noche lo domina todo y la llovizna lentamente se convierte en ruido blanco, ensordecedor. Cuando éste termina deja un vacío no solo en los oídos.

Es en ese momento que mis recuerdos, en un vaivén, le dan forma a su rostro, de cómo nos conocimos. Tal vez la vería esta noche. Se preocupa demasiado por mí y no tengo manera de detenerla o al menos darle la calma suficiente. Su piel se exalta con el frío, se desespera, las marcas en su muñeca se encienden, regresan enrojecidas, como marcadas con fuego griego; cicatrices que cerramos tres años atrás. Escapa de su casa al atardecer, cuando el sol moribundo deja paso a las nubes grises y violentas. Una chaqueta negra de cuero, regalo de su padre, un jean raído, y botas que no hacen demasiado juego. Cuando regresa ya es de madrugada. Sus pasos tambalean, le cuesta saludarme, pues sé que ha estado llorando. Esa ha sido nuestra dinámica desde esa primera vez. A veces, los fines de semana me invita a su casa – al lado de la mía – a comer algo, charlar o ver alguna serie. Al final del día me pregunta lo mismo: Cómo sané esa herida. Respondo que no lo sé, simplemente pasó y ya está. Pero su cara se contrae, busca mis ojos para sacarme la verdad a la fuerza y es ahí cuando me marcho hasta que nos volvamos a encontrar.

Tres años antes hubo una llovizna que parecía eterna. Duró cinco días en los que afortunadamente no tuve que salir más que a trabajar en las mañanas frías, sirviendo desayunos en el restaurante cercano al parque. En las noches que congelan los huesos al tacto, me dediqué a escuchar música y ver por el balcón cómo el agua se acumula lentamente en el asfalto, formando charcos que reflejan las luces de la calle medio cubiertas por los árboles que necesitan una buena podada y donde de vez en cuando un murciélago sale a patrullar describiendo pequeños círculos, y si se presta atención, pueden escucharse los pequeños gritos. Entonces la encuentro deambulando a eso de las once.

Se tambaleaba y un casi imperceptible llanto la acompañaba. Tan triste que podía sentirse; como el frío de la noche, apoderándose de la piel, del alma, del aire y los suspiros. La observé mientras se acercaba al apartamento y como si un hechizo hubiera sido puesto sobre ella, el silencio lo fue todo… la lluvia continuó su curso y las gotas de agua llenaron el vacío de sus lágrimas.

El tintineo del cristal cayendo sin romperse resonó hasta llegar al balcón, y luego ella, emergiendo del suyo, cubriendo su muñeca izquierda sin mucha confianza con un trapo de cocina. Procurando no sollozar demasiado fuerte, como si no quisiera despertar memorias amargas esa noche.

Ojos enrojecidos, y mejillas a juego. La sangre escurría lentamente mientras ella temblaba. Evitaba su mirada, pero era imposible. Parecía que nuestros cuerpos estuvieran imantados, ella del lado derecho y yo del izquierdo, así los balcones vecinos parecían aún más pequeños de lo que son. El silencio se extendió toda la noche, hasta que la lluvia amainó al llegar la madrugada; ella seguía allí como en trance mirando al horizonte invadido por gigantescos edificios. El olor metálico de su dolor se filtraba, lo inundaba todo. Cada gota era un Rubí resplandeciendo con la última luz de la noche. Su mirada se cruzó con la mía a eso de las tres, extendiendo su muñeca sin palabras, como si supiera que mi indiferencia a su dolor era sinónimo del mío, del que no tengo cicatrices. La marca era una primitiva mariposa hecha con líneas. Era profunda, la carne brillaba y se abría mientras palpitaba. Parecía volar entre la lluvia. Me dijo que la herida no cerraba, mirando directamente a los ojos. El silencio se hizo de nuevo, la lluvia volvería, ahora más fuerte.

Soñé con su herida, y al despertar con el ruido del agua, no pude evitar pensar en ella, en el sonido de su sangre al tocar el suelo, de aquel futuro incierto de su vida, de si la volvería a ver o la muerte vendría por ella si la herida no cerraba. La estación de lluvias continuaría por un mes más, quizás todo estaría envuelto en un melancólico frío. Me pregunté si llorar en las noches aliviaría el entumecimiento de mi corazón.

La oscuridad en la ciudad nunca es eterna, aunque lo parece, y el silencio refuerza aquella soledad de la que no podemos escapar. Aunque la luz es lo que siempre anhelamos, no siempre es nuestra naturaleza. Nos acurrucamos en las sombras, en el deseo de aquellos momentos perdidos. Tal vez ella esté esperando el sol a media noche.

Cuando nos volvimos a ver, su herida continuaba sin cerrarse y parecía que ella había aceptado su destino. Como la vez anterior, me enseñó su corte, pero esta vez habló conmigo. Me invitó a su casa, estaba asustada después de todo, y las palabras que pasan por el corazón a veces necesitan ser escuchadas, ser rugidas con toda la fuerza posible antes de sumirse en el olvido.

-Al despertar era siempre lo mismo, me perdí en mis labores, en lo similar que era cada día. En lo espantoso de la vida. En lo insensible que me había convertido. El amor había desaparecido, y todo lo que me ligara a la vida. Incluso el dolor. Hasta que la semana pasada soñé mucho, pero siempre era lo mismo… ¿Has visto alguna vez a una mariposa en medio de lluvia? – respondí que no -. Una mariposa de cola larga, enorme y azul, se posaba sobre mi muñeca, mientras yo caminaba entre la lluvia sin un paraguas. Era curioso, el roce de sus alas contra mi piel me cortaba, y sus patas se aferraban con tanta fuerza que creí nunca más movería mi mano. Al despertar, mi muñeca estaba roja, y unas pequeñas líneas permanecieron allí donde la mariposa se había posado. Era extraño, pero simplemente lo acepté.

Respiró profundo contemplando la herida y con sus dedos acarició cada línea abierta. Como si quisiera acariciar a la mariposa que se había quedado en su cuerpo. Su respiración y el vaho que dejaba se quedaban en la habitación, una habitación fría y vacía, rodeada de pinturas rotas y oscuras.

-Cuando la herida empezó a abrirse, era como vivir de nuevo, sentir mi mortalidad; como volver a reconocer mi rostro en el espejo. Estaba feliz, realmente lo estaba. Aunque supiera que no duraría mucho, tenía una razón para volver a casa, así fuera para contemplar mi propia sangre escapar de mi cuerpo. – hizo un gran suspiro y sus ojos empezaron a enrojecer, las lágrimas entonces comenzaron el curso al que estaban destinadas, de sus mejillas a su cuello, perdiéndose en su blusa -. Pero entonces la marca se fue haciendo más grande y más profunda. De nuevo pensé en que moría y que ya no había más por lo que vivir. El dolor me empezaba a atravesar el corazón, quitándole todo el calor que tuvo alguna vez. Me aterra pensar qué pasará cuando me atraviese el alma.

No pude más que quedarme callado; la entendía, ella lo sabe, incluso ahora. Pero no hay palabras para alguien quien afronta la soledad y la muerte de esa manera. Un simple “tú puedes, estarás bien” se convierten en una formalidad, incluso si hace de todo corazón. En ese momento quería estar más cerca de ella. Sentir su corazón palpitar con el mío.

Cayó dormida poco después de hablar conmigo. Allí tendida sobre el sofá, con la sombra de su agonía. Con un pañuelo empecé a limpiar su rostro, pasando lentamente por sus mejillas. Luego la herida. No habría necesidad de coserla, pero necesitaría tiempo. No morirá me dije, le dije al oído. Puede que el dolor siempre te acompañe, pero no morirás, no aún. Besé la herida esperando que la maldición de la soledad, de su agonía, que todos sufriremos, desapareciera; de aquellos días de intensa lluvia en los que anhelamos volar entre las heladas gotas sin ser tocados.

Su tristeza entonces también fue la mía. Me torturaba, pero estaba bien. Era su historia, no la mía, me dije, y mientras ella descansaba lloré lo que ella no pudo esa noche; éramos víctimas del silencio y la soledad de aquel corte. Lleno del dolor de aquel pasado, de ese hogar al que no podemos regresar.

Cuando soñé, una mariposa se posó sobre mi mano; abriendo y cerrando lentamente sus alas mientras nos mojábamos entre la lluvia, hasta que la luna se asomó entre las nubes espectrales, haciendo ruido con su brillo. El insecto voló entonces. Con fuerza, con furia, hasta transformarse en una polilla. Ese era yo, buscando una luz que no puede encontrarse dentro, Como la luna. Sin embargo, ya no hay lunas que brillen en esta ciudad. Siempre está lloviendo, siempre está brumoso, incluso en mi corazón.

La máscara de la geisha: Dominancia fenomenal

El cuarto día del cuarto mes, una niña nació en el templo que adoraba a la muerte. El monje agradeció al dios de la muerte por aquella peculiar bendición pues era la primera vez que la vida era celebrada en aquel lugar. El monje, tan acostumbrado a las ceremonias funerarias con torpeza atendía a su mujer y su hija aún sin nombre.

La bebé creció y con ella la bendición del dios de la muerte. El templo prosperó, personas venían de todos lugares a ver a la milagrosa niña del tempo de la muerte, las donaciones crecían y la familia nunca pasó por hambre. sin embargo cuando la joven cumplidos los doce años se adentró en el cementerio sola para limpiar la tumba de un benefactor quien su familia entera falleció en una isla vecina y enterrados lejos de éste. El dios de la muerte se apareció ante ella, y con su aspecto macabro le pidió matrimonio ofreciéndole un crisantemo rojo, tomando sus manos marcándola con el sello familiar.

Su padre, el monje asustado rezó al dios de que deshiciera la petición, pues por siempre sería su sacerdotisa pero su plegaria no fue respondida. La mujer entonces tuvo una idea, y ante la desesperación de su marido consintió la propuesta… la llevarían lejos, disfrazándola para que el matrimonio no se cumpliera. La pequeña fue entonces adoptada por una casa de geishas.

Sakiko fue el nombre que adoptó la joven en su nuevo hogar en el que lentamente aprendió el oficio del entretenimiento. en las noches ayudaba a sus hermanas mayores a servir el sake y a remendar los vestidos que se desgastaban al bailar para sus visitantes. Cuando cumplió quince, finalmente floreció como lo dictó su nombre, la belleza que irradiaba era inmensa tanto así que su familia le prohibió maquillarse y su cara descubierta era entonces el deleite de los samurai. sin embargo al momento de bailar sus lagrimas inundaban el escenario y una profunda tristeza dominaba en la estancia entera, a pesar de que la señora se enfurecía los clientes aclamaban a la hermosa Sakiko por su actuación.

-Sakiko, niña ¿recuerdas al señor Kawabata? murió hace un mes, el pobre hombre no pudo soportar la perdida de su hijo en la guerra y se quitó la vida. su hermano vino hoy en la mañana mientras lavabas la ropa con tus hermanas. Me pidió que fueras al cementerio y llevaras unas flores y le dijeras al monje que prestara una oración por su alma.

Sakiko obedeció y con su kimono de otoño fue al cementerio.

la joven pensaba del porqué de sus lagrimas al bailar, y por qué estas al resbalar por su rostro hacía que su corazón palpitara con violencia y su danza fuera más violenta aún. ¿podría cubrir su rostro con maquillaje alguna vez? ¿las lagrimas se tendrían alguna vez?

-No. Tu llanto siempre será escuchado. pero puedo ayudar, tu agonía será solo tuya. llévame en tu rostro. y nadie verá las lagrimas pero sí tu belleza que ha encantado a la muerte misma.- dijo una flor que se asomaba por una tumba cercana a la lapida del señor Kawabata. Un crisantemo rojo además una mascara de doncella, rota y unida con oro.

Este soy yo, la mascara de doncella. llévame en tu rostro, tu dolor no será revelado, beberé tus lagrimas y éstas me darán fuerza para soportar el dolor.

Su futuro marido… el dios de la muerte. no pensaba en él desde que su padre la envió a la casa de geishas en el distrito rojo. la muerte le ofreció la eternidad de la muerte con él. ¿debería aceptar?

El delicado Shamisen tocaba lentamente mientras Sakiko bailaba usando los abanicos. La dueña de la casa no hizo ni un solo miramiento cuando la joven apareció con la mascara puesta. “ah, llevarás la mascara puesta mientras bailas. muy bien, así nadie tendrá que ver tus lagrimas”.

La elegancia de Sakiko era tan delicada que los clientes no hacían más que admirarla y comenzaron a llorar, pidiendo más sake para acompañar sus penas. la máscara entonces hablaba oído de la geisha. -: no importará que ocurra, tu danza provoca lagrimas, tu amor está imbuido de muerte. Mi maestro te bendijo con su don. cuando llegué el momento la felicidad traerá lagrimas. ¿Evitarás tu llanto? pronto me romperé, y tu tristeza será liberada, no habrá máscara que pueda aguantarla.

El shamisen continuó tocando pero el baile de Sakiko se volvió más violento, como la marea en una tormenta. Amplios arcos como el uso de la espada. Los samurai derramaron lagrimas y las cicatrices largo tiempo cerradas se abrieron, queriendo llorar junto a sus amos.

las lagrimas tocaron las lagrimas tocaron la porcelana y consumieron el oro que unía cada fragmento. el corazón de Sakiko se agitaba violentamente, el shamisen procuró tocar tan rápido como el baile de la joven, bajo la máscara Sakiko Sonreía. – Sonríes niña, y tus lagrimas buscan la sombra que es herida por la luz de una vela. ¿buscas entonces el final? mi señor, el dios de la muerte espera pronto reunirse contigo, ¿darás entonces un regalo a tu futuro marido? – Dijo la máscara. El baile continuó, furioso como un tormenta. Entre sombras y humo Sakiko vio la muerte consumiendo uno por uno a los samurai. mientras que ellos entre lagrimas, con heridas abiertas, tomaron sus espadas y cometían suicidio ritual, esperando a que el dios de la muerte tomara sus cabezas.

El aroma de la sangre llenó la estancia, pero Sakiko continuó bailando mientras que la dueña de la casa y las demás geishas, horrorizadas, desfallecían. uno por uno los fragmentos de la máscara cayeron y crujían dulcemente con el pisar del los silenciosos pasos de la joven geisha. Fue entonces que la muerte apareció ante ella. los ojos de Sakiko estaban rojos, y su rostro tan pálido como un maquillaje nupcial. La muerte, sin mediar palabra aceptó el regalo de la joven. y ella, sonriendo ante el final hizo una gran reverencia como si del emperador tratase.

El castillo, la ruina azul

Mi castillo del profundo océano, guarecido en la penumbra, en la agonía del sueño.

Heraldo de la muerte, mi ruina azul.

El castillo, como mi corazón, construye murallas que el mar ahoga.

Al anochecer un desierto aparece y la luna ilumina pero la ruina azul es el faro…

la vigilia del soñador nos esconde en el día, dejamos de existir.

Cuantos despertares, cuanta muerte de la ruina azul y su cacofonía solitaria.

Corazón de regreso

Toma mi corazón pues el tuyo se ha perdido entre las llamas de la hoguera.

Tómalo, no lo necesito más, pues mis heridas trascienden al alma y tú debes sanar.

Toma mi corazón, pues te lo has ganado con esa sonrisa dulce.

Tómalo pronto, el invierno está cerca y las solitarias noches en la pequeña casa terminarán.

Te contaré historias, te daré los mil corazones que guardo en mi cuerpo, te irás Alicia… La muerte vendrá por ti, seré yo quien se quede solo cuando emprendas ese viaje. Tengo miedo pues me quedaré sin corazón, pues te lo llevaste.

Girasol invernal

De nuevo siento frío en el alma. Es invierno, un invierno eterno donde los pétalos se congelaron antes de llegar el otoño…

El amor está imbuido de muerte, y mis dedos no escriben más sobre la calidez de sus labios.

Un girasol nace, calienta mi corazón, quiero llorar,

¿debería alimentarlo? Su dulzura despierta memorias amargas.

¿Mi dolor podrá ser borrado?

La Ruina Azul, segunda parte.

Caía lentamente a través de un agujero interminable, el por qué, no sabía pero el hecho permanecía allí, caía y caía lentamente, el aire surcaba por mi piel, afilando mi rostro… la sensación me era familiar, giraba y giraba en esa eterna oscuridad hasta caer en un desierto hecho de piedras preciosas. este desierto infinito, forjado en una noche perlada llamó a un recuerdo que no me pertenecía y, sin embargo, estaba en mi mente, en mi piel, marcándome el corazón, haciéndolo estremecer cada vez que ahondaba en él. Yo recorrí el desierto buscando una respuesta hasta encontrar este castillo que era apenas una torre nacida de la misma tierra.

Al entrar en ella, los animales que habitaban allí sin miedo alguno trepaban por mi cuerpo que era sombra y niebla los colores llamaban entonces un nombre que nunca había escuchado, mi nombre, uno de tantos en mis encarnaciones. al llegar a la cima de aquel castillo, entendí mi muerte pasada, entendí como mi vida terminó en un sueño, un sueño en este mar de piedras preciosas, de arena helada, de noche sin fin… y entonces desperté en un nuevo cuerpo, los recuerdos se unieron unos con otros, el desierto se inundó y estaba en el océano de las almas, allí era una máscara más, que flotaba a la deriva para que un ser que no conocía tomara mi rostro, el rostro de Alicia, entonces todo oscureció, se disolvió lentamente, así mi vida dejó de ser… y nací de nuevo.

Al despertar, no era nada más que sombra, y como a través de un espejo observaba un reflejo de una joven sin corazón que se movía silente esperando a un demonio que se sentaba frente a la chimenea. anhelando una nueva historia de como conquistó los corazones de quienes hacían tratos con él. pasaron los años y luego las décadas, hasta que ella ansiaba morir. la sombra del espejo, yo. Me convertí en la muerte. y y la muerte era ella. como el eterno reflejo que fuimos. consumidos continué soñando y despertando… en ciclos infinitos y a la vez tan efímeros que olvidé durante eones de mi propio ser.

Un día de esa extraña eternidad volví a encontrarme en el desierto. un desierto perlado y la inminente presencia del castillo. en este recuperé mis recuerdos originales. pero las de mis encarnaciones siguientes persistieron confundiendo. fue entonces que la ruina azul me habló por siempre. escribí los recuerdos de la torre y la torre y la muerte, y la nada, y el negro inmanente de las sombras fuimos uno solo. – Alastor observó con brevedad los tapices del castillo. en los que cuatro de estos se repetían. las historias que el me contaría después en las siguientes visitas. cuando aprendí la verdad del por qué pude entrar al castillo y conversar con él. cada encarnación estaba descrita allí con tanto detalle que me sería imposible describirlas pues eran vidas completas desde el inicio hasta el final, creando un nuevo ciclo de vida y muerte, sombra y humo…

¿Encontraría alguna vez mi ruina azul en aquellos tapices? ¿el final de mi ciclo como una de las sombras de Alastor?

La Ruina Azul, primera parte.

Cuando comencé a soñar pude encontrar aquel castillo sumergido en el océano del alma, dentro del sueño de una joven que entregó su corazón. la fortificación tenía miles y miles de torres, tantas como estrellas en el cielo, y si contara hay del lado derecho pronto perdería la cuenta de las que hay en la izquierda, pues constantemente son construidas más y mas torres, ventanas y habitaciones. el castillo de roca volcánica, rubíes y zafiros yacía entonces en el fondo del océano, y peces fantasmales nadaban lentamente alrededor, como murciélagos arremolinándose en las cuevas al atardecer.

siendo este un sueño no me preocupé por ahogarme al admirar por horas y horas el castillo desde afuera pues entrar me fue imposible, a pesar de su titanico tamaño ni un solo portón podía ser hallado. encontrar una respuesta a este acertijo me costó noches, y noches y sueños pensando, en el que los amaneceres me recibían agotado.

El cómo logré entrar y conocer al dueño del magnifico castillo es una historia que no es tan interesante de relatar luego de la historia que el duque Alastor me contó a lo largo de cuatro largas noches.

Alastor era un hombre de complexión delgada de cabello oscuro como un eclipse. el resplandor de su presencia hacía que el interior del castillo no necesitara antorchas en aquel paraíso submarino.

Sentado en el trono de espinas azules llamaba a sus fantasmas y sirvientes, y pedía con voz imperiosa cubrir los cielos de noche y humo, de inmediato estos obedecían alargando la noche en el océano, y el sueño de aquella joven llamada Alicia. esperé paciente a que empezara a contar una de sus historias, una de las tantas encarnaciones que ha tenido el emperador de la ruina azul. cuando sus labores del sueño estuvieron completas, se estiró alzando sus manos al cielo, formando con sus dedos una corona real. observando profundamente mi rostro, proyectando su voz para que llegara a todas las paredes del castillo infinito.

Alicia…había una vez…

Había una vez Alicia

Quien viajó entre sueños y mundos distantes, como espejos reflejados en ellos mismos.

Alicia, siempre Alicia, quien fue doncella o caballero.

Alicia quien soñó sobre el desierto

Alicia quien vendió su corazón.

Alicia quien fue un ruiseñor

Alicia de la ruina azul

Alicia la eterna viajera, la prisionera quien sabía de las otras alicias pues es ella misma, en sus sueños, en la luna creciente, del desierto, de la sombra de la muerte…

Diario del escritor 26/10/2020: El empirismo es un veneno

En el proceso de la escritura uno de los factores que más se habla es la de la melancolía y tristeza, o la misma corrupción del alma en pos de la tragedia. y aunque es un recurso excelente para empezar a escribir de manera emocional no es suficiente a la larga marcha a menos que se usen nuevos y recursos para subvertir los temas presentados.

El empirismo en las artes suele ser el comienzo de muchos individuos, este mismo cubierto por la melancolía de experiencias personales o anécdotas de gente cercana. este empirismo impulsa al escritor a continuar su proceso que al final puede corromper o mal lograr al escritor cuando el empirismo se vuelve su centro de educación, el empirismo es pues un buen inicio pero un mal maestro si se quiere perfeccionar la tecnica descubierta.

los escritores o artistas empíricos deben atenerse a la critica y al aprender nuevas técnicas, el artista empírico argumenta que aprender de otros maestros, sea este alguien que conoce personalmente o un escritor o artista, este pensamiento es nocivo, pues es una negación de aprender del proceso del perfeccionamiento de una técnica, por lo que un artista empírico y no integral tenderá a ser mediocre, y su actitud pretenciosa ante la critica.

Diario del escritor 16/10/2020: Había una vez y Alicia.

En la creación de narrativa el inicio es tan difícil como el final en la que puede definir el tono de una historia y, en cierta medida, el éxito de ésta.

La frase “había una vez” y “érase una vez” se ha convertido en un cliché de los cuentos para niños. Está frase que se ha repetido ad nauseam aunque simple es a la vez una invitación al ensueño, a que aquella fantasía puede repetirse, tal vez más extraña u onírica que la primera vez. Es este mundo fantástico en el que se vive, se sueña y muere para renacer en un mundo más fantástico que el anterior… Y es Alicia quien completa este sueño eterno del cuento fantástico.

Alicia, independiente de la visión original de Carroll se convirtió en el soñador por excelencia, el viajero a lo extraño, a lo desconocido pero no lo suficiente para causar temor, mira con curiosidad el velo que la separa de la muerte y antes de llegar al final despierta, esperando volver a soñar

En los próximos meses una serie de cuentos saldrá con el concepto principal de Alicia, algunos de estos cuentos son reescrituras, empezando con “la pesadilla del pájaro en el reloj”. Quizás de esta manera la escritura que he tenido dormida durante varios meses pueda recuperar su fuerza, esa que hacía que mis pesadillas se convirtieran en sueños

Devuélveme el corazón.

Había una vez…

Una niña que se sentía sola por más compañía o amigos que tuviera. Su corazón apenas se movía así el amor la tomara en sus brazos. No importaba que tan maravilloso era el día o cuan hermosas eran las palabras de sus amigos, la niña siempre decía:

-No soy feliz y me siento sola así todos ustedes estén aquí. 

La niña no sonreía pero tampoco mostraba signo de tristeza, excepto en luna llena cuando sus lágrimas no paraban de caer y sus padres la abrazaban. Cuando creció lentamente, uno por uno, todos a su alrededor se marcharon: sus amigos ahora maduros viajaron por el mundo en busca de aventuras, otros encontraron el amor y formaron una familia. La joven en soledad y silencio no tuvo nada más que sus vestidos y recuerdos, libros leídos tantas veces que la tapa se había desprendido y la tinta desapareció sus páginas. Con el tiempo la enfermedad se llevó a sus padres dejándola completamente sola. Encargándose ella de todas las labores de la casa y vendiendo sus verduras en el mercado cuando las cosechas estaban listas. El pueblo cuidaba de ella, pero nunca se acercaba, nunca la saludaban más que lo necesario, así que el único calor que recibía era el de sus frazadas y la hoguera siempre encendida en las heladas noches de invierno.  

Una noche de tormenta la enorme llama de la chimenea crepitaba y el silencioso llanto de la joven resonaba por la habitación. Las lágrimas escurrían por su rostro, y juntando sus manos pidió con voz quebrada: 

-Deseo nunca estar sola, deseo poder sentir algo más que agonía en mi pecho. ¿Qué me pasa por que mi corazón no funciona? ¿Cuándo se hizo pedazos que no puedo sentir mis latidos, acaso estoy muerta y no me había dado cuenta?

En ese momento un rayo cayó iluminando la habitación a través de las ventanas. Entonces una voz que a cualquiera hubiera aterrorizado llamó a la joven, pero ella no se asustó, todo lo contrario, curiosa preguntó quién estaba allí, pero no hubo respuesta. Llamó de nuevo a la voz tenebrosa y entonces ocurrió. 

-Ah, sí. Tu corazón está estropeado y no hay nada que hacer, incluso yo, un demonio de los corazones, está de manos atadas…pero puedo cumplir tu deseo. Dame ese corazón roto en tantos pedazos que dejaste de sentir felicidad y nunca, nunca ¡nunca estarás sola! Te doy mi palabra jovencita.

¿De dónde venía la voz? Al principio la joven pensó que de las llamas de la chimenea, luego de afuera, de los bosques lejanos donde la luz de la luna no llega, o tal vez de la pradera. Finalmente pensó que el demonio, invisible, susurraba a su oído. 

– ¿pero cómo viviré?- dijo la joven. 

-No te preocupes por eso señorita, soy un demonio de corazones, si mi cliente muere entonces no podré cumplir mi contrato y eso estaría muy mal, así que, ¿quieres hacer un trato conmigo?

Dime dónde estás y te lo entregaré – una risa estridente resonó al lado de la joven, casi aturdiéndola. La lluvia tomó más y más fuerza y entre la cascada que caía sobre los campos el demonio dijo:

-Ponlo en la chimenea, así lo recibiré.

La joven tomó una daga de plata y un tazón de oro y, abriéndose el pecho rebuscó su corazón. No le dolió ni un poco cuando lo tuvo en sus manos palpitando ¡pum, pum, pum! como un pequeño tambor. Estaba tan sano y aun así la joven no sintió nada, ¿Qué pasaba? Cuando el corazón ardió en la chimenea de piedra la joven dijo: 

-Ya está, te di mi corazón, ahora no me sentiré sola ¿Verdad?

-Así es, siempre estarás acompañada, no tengas miedo, pero no le hables, pues podría asustarse- le respondió el demonio y con una última risa la voz del demonio de corazones se fundió con la de la lluvia que no parecía amainar. 

Días después la joven sin corazón salió de casa para ir al pueblo a comprar pan sintió algo siguiéndola, volando sobre su cabeza. Pero por más que mirara al cielo no encontraba nada, ni siquiera la sombra de un ave. Quiso decir algo a esa extraña compañía pero recordó las palabras del demonio y cubrió su boca con ambas manos. 

Cuando llegó al pueblo el mercado estaba a rebosar, personas gritando a mas no poder vendiendo sus productos: fruta fresca grande y jugosa, leche y queso de cabra; otras personas exhibían extrañas piedras preciosas que encandilaban los ojos al ponerlos a la luz, especias vigorosas que hacían escupir fuego a quien probara solo una pizca. Cada vez que la joven giraba en dirección a alguno de los puestos sentía como su espalda rozaba con algo duro y afilado como una navaja, cuando se daba la vuelta con rapidez nada encontraba que se le pareciera a lo que su espalda sentía. 

Al llegar la noche sentía que era observada por la ventana, y bajo la cama, pero… no había nadie ¿cuantas veces habrá escudriñado en la oscuridad para encontrar a las estrellas titilando o el dulce violín de un grillo?

¿Era esto no sentirse solo? No. Estaba tan sola como antes y esa presencia no era más que una molestia, y sin corazón no podía enamorarse o sentir miedo. Que mal trato pensó la joven, que ruin estafa le había jugado el demonio. Pero siendo así debería hablar a esa presencia. Esa que la ha seguido durante todo el día sin dejarse ver o escuchar.

-Demonio ¿estás ahí? Si no lo estás entonces hablaré con mi nueva compañía, esa que me diste hace varias noches atrás, incumpliste tu trato- dijo la joven. –hola ¿quién eres, por qué me sigues sin descanso y no te dejas ver cuando te busco? ¿Eres tímido, me tienes miedo? Yo no lo tengo, perdí mi miedo cuando vendí mi corazón porque estaba estropeado. Así que por favor háblame, no quiero sentirme sola.”

Una voz muy diferente a la del demonio le contestó, era similar a la voz de su madre y un poco a la suya. De las sombras que proyectaban las llamas de su chimenea brotó una figura tan alta como lo era la joven. 

-No tengo miedo, Alicia. Pero no deberías verme, al menos no todavía.

¿Quién eres?-preguntó Alicia, aunque muy dentro de sí (y si tuviera un corazón, también este lo sabría) de quien se trataba. 

-Soy la muerte y siempre he estado contigo, pero no debo hablar, al menos no cuando se es joven. Pero vendiste tu corazón a un demonio para poder verme y sentirme. Ese fue un mal trato ¿no lo crees, Alicia?

-¿Entonces qué puedo hacer? Siempre estoy sola, y mi corazón estaba tan roto que no era feliz, y ahora sin un corazón me siento igual. Si pudiera sentir alguna emoción todo sería muy diferente.”- dijo Alicia mirando a sus zapatillas.  

-Si recuperas tu corazón me tendrás miedo, y eso no está mal, la gente me teme hasta que por fin entiende que debo estar para ellos, alejándolos de esa agonía. -dijo la muerte, sentándose frente a ella. 

– ¿Puedo recuperar mi corazón?

Claro que puedes. Deberás engañar al demonio para que te lo devuelva. Tal vez no puedas recuperar lo que perdiste en tu niñez, pero estarás completa de nuevo. Mi Alicia, mi querida Alicia, tu corazón nunca estuvo roto, pero es difícil explicar porque no sientes como los demás, pero no temas, no estarás sola, ya sabes que existo, ¿no es así?

Alicia llamó al demonio de corazones la noche siguiente, y este susurrando de nuevo en su oído respondió a su llamado. 

-¿qué pasa jovencita? ¿Quieres hacer un nuevo trato conmigo? ¿Tal vez tu esa compañía tuya es tan fuerte que quieres más?

-¡me engañaste y nadie vino a mi lado, estoy más sola que antes y ahora no tengo corazón! –Dijo Alicia.- ¡Devuélvemelo, no es un trato valido!

El demonio de corazones apareció frente a ella. Era tan pequeño como un niño y su aspecto apenas recordaba a un demonio como lo dibujaban en los libros que alguna vez la joven leyó; Tenía cuernos por todo el cuerpo, cada uno con una marca grabada, como en fuego, de un pequeño corazón que palpitaba si se le veía fijamente. Esos cuernos retorcidos se extendían como las ramas de los árboles, lo rodeaban, dando la impresión de que miles de brazos tomaran cada pequeña parte de su cuerpo. El demonio de corazones la miró con ojos penetrantes y una sonrisa malévola. 

-¿es esto real señorita? ¿No es quizá una treta?

-No, no lo es. La soledad se hizo tan grande que quise terminar con mi vida arrojándome al lago, pero por más que lo intentara no podía morir. Así que si no puedo irme de este mundo es porque no tengo corazón, así que devuélvemelo.  

El demonio enarcó las cejas, y compuso la sonrisa más desagradable que pudo, intentando intimidar a la joven pero, sin corazón no sintió miedo y le miró directo a los ojos sin retroceder un solo paso. 

-¿no sentiste como la muerte te acechaba en el cielo? ¿No sentiste quizá, como el filo de un puñal tocaba tu espalda, o los monstruos bajo la cama que te esperan la noche esperando a asustarte de muerte?

-No, no he sentido nada. Por eso, decidí morir, pero por más que lo intentase no llegaba ella por mí. Devuélveme el corazón. 

– ¿y qué tal si soy yo tu compañía? Vendré todas las noches y te contaré historias de los corazones que he robado, los deseos que he cumplido y las dichosas historias de esas personas. –preguntó el demonio señalando con sus largos dedos cada uno de sus cuernos.

-cuéntame las historias, pero devuélveme el corazón. Las historias son maravillosas pero el trato no fue cumplido. ¡Dame mi corazón!

Y durante toda la noche y las que llegaban el demonio apareció puntal frente a la chimenea sentándose en el banquillo que Alicia le ofrecía y contaba una de las tantas historias de cómo, consiguió un corazón para él: como un anciano en su lecho de muerte ofrecía su corazón a cambio de la salud de su hija siempre acosada por la enfermedad, o como el valiente soldado daba esos valiosos latidos por experimentar una última vez la emoción de la batalla.

Al final la historia el demonio decía: Ya está hecho, te he dado mi compañía, el trato está hecho

-No, no lo está- replicaba Alicia mirándolo con reproche, así como le había enseñado la muerte.

Los días avanzaron hasta ser meses, y luego años. La muerte visitaba a la joven en las mañanas y tomaban el desayuno. El demonio mientras tanto continuaba contando historias en el mismo banquillo y tomaban un chocolate antes de despedirse. El demonio dejó de preguntar si ya se había cumplido el trato, y Alicia olvidó exigirle su corazón. 

Hasta que llegó una noche en que el demonio apareció con un rostro acongojado, y sentándose en el banquillo que Alicia le ofrecía le dijo:

-Alicia, Ya no tengo historias que contarte pero el trato no está cumplido, aun así no me iré sin más. Así que toma tu corazón de vuelta. Y volveré, volveré cuando pueda continuar con nuestro trato.

El demonio entonces tomó uno de sus cuernos, uno que extrañamente estaba muy cerca de su corazón y se lo entregó a Alicia. Cuando ella lo tomó, en un parpadeo volvió a ser su corazón y sin tener que abrirse el pecho lo puso de vuelta. Tal vez fue el gesto del demonio que calentó el corazón pero Alicia lloró cuando el demonio se despidió. 

A la mañana siguiente la muerte apareció para tomar el desayuno con Alicia como siempre lo habían hecho y la mujer le agradeció.

¡Oh, muerte, muchas gracias he recuperado mi corazón! Y aunque sigo igual como tú dijiste podrás acompañarme como siempre lo has hecho ¿no?

-Me temo que no Alicia, ya no podremos estar. No ahora. –dijo la muerte, mirándola con nostalgia.- Pero no hay que entristecer. Cuando llegue el momento estaremos juntos, como destinados estamos. Pues yo nací el día en que tú lo hiciste y yo moriré el día en que tú lo hagas… hasta entonces vive, Alicia. 

No puedo decir si Alicia vivió una vida feliz pues su corazón la privaba de muchas cosas, sin embargo el demonio de los corazones aparecía de vez en cuando y contaba una nueva historia, que esta vez inventaba para entretener a Alicia, y en ocasiones especiales este le prestaba su propio corazón para que Alicia pudiera llorar, enojarse o sentirse enamorada.

Cuando llegó la hora de marcharse de este mundo, la anciana en que Alicia se había convertido ahora esperaba ansiosa a su amiga la muerte y su amigo el demonio quien ahora cuidaba de ella, no solo en las noches. 

La muerte apareció frente a Alicia y esta era su espejo, y entonces Alicia fue la muerte. Como una sola, como siempre lo fueron, se marcharon a otro mundo, donde yo no puedo verlas.

Fin.

Llovizna

En la primera semana de julio, después de mi viaje por algunos pueblos de la región, regresé a mi hogar, a los restos, me refiero. No era mi primera vez viviendo solo pero se sentía como si lo fuera. Miedo y abandono, incertidumbre de que podría hacer con mi vida como si el viaje me hubiera destrozado por completo. Un frío intenso penetró en mi pecho y no pude sacármelo hasta cinco días después en mi apartamento, un regalo de mi padre quien estaba orgulloso de mí, de mis progresos en el estudio. Algo especial para su único hijo. Se marchaba a Holanda con mamá, su merecida jubilación de aquel horrendo banco pero con buena paga. No los culpé al dejarme solo en el país pero los extrañaría.

Cuando llegué al nuevo lugar que apenas había visto cuando me lo regalaron, estaba exhausto. Ni siquiera me cambié o desempaqué las maletas que consistían en una mochila con cuatro cambios de ropa (camisas y ropa interior, siempre el mismo jean) y otra con dos o tres libros que me distrajeran en la noche o mientras estuviera en el hotel. El sueño me golpeó en la nuca dejándome tendido en la sala casi vacía, y así dormí. Al despertar el cuello me estaba matando. Nada de sorprenderse, me dije. Era extraño estar aquí en el apartamento, una sala con sillas y mesas de madera, nada en las paredes; una cocina pulcra y vacía, sin el aroma particular de la comida materna, sin el lejano olor del cigarrillo de papá; o el murmullo molesto del compañero de piso al que me había acostumbrado en los primeros semestres de la universidad. Era como estar en una casa ajena y te permitieran hacer lo que quisieras pero tú te limitas a estar sentado en la sala, con los brazos y piernas pegados al cuerpo queriendo no romper nada. No era la misma esencia de un hotel, no.

La nevera estaba vacía, así que bajé a la calle por las escaleras los cinco pisos infernales (le temo a los ascensores que no conozco) y fui a la tienda de conveniencia más cercana. Al salir me encontré un mundo de nubes grises y sin rastro del sol, pero el clima era agradable, fresco, para quizá pasear hasta el anochecer. Media hora después ya había engullido tres huevos fritos, un par de tostadas con queso y un chocolate que no me supo a como lo preparaba mi abuelo, o mi madre, o a nadie conocido. Era un sabor extraño y algo deprimente pero no desagradable. No logré hacer nada de provecho salvo caminar por Sabaneta, reencontrándome con ese pueblo que lentamente se urbanizó, convirtiéndose en asfalto y concreto una vez pasada la plaza principal, cubierto del gris del cielo y la lluvia próxima. 

Respiré hondo, muy hondo, mirando los negocios que se mantenían de pie sin importar cuanto tiempo pasara y acostumbrándome de nuevo a estar aquí, en mi pueblo natal, después de tanto. Me detuve una vez llegué a la última estación del metro que sirve también de frontera entre Sabaneta y La Estrella y regresé lentamente a casa, casi con desgana de volver a aquel lugar cerrado, pero así como quería acostumbrarme al pueblo debía hacerlo con mi hogar. Almorcé un sushi barato a medio camino en un restaurante que desentonaba con los bares adyacentes. Aunque desprecié el sabor del sushi, ya que no era especialmente bueno, compré cuatro rollos más para comer en la noche. Estuvieron deliciosos llegada el hambre pasadas las doce.

Primera noche.

El copioso sonido de la lluvia me despertó, el cielo estaba claro lo que indicaba que pronto saldría el sol, pero no fue así, quise esperar un poco más y dar una nueva caminata. Aproveché la combinación del frío de la mañana y la llovizna para estar en la cama hasta tarde. El tiempo no era un problema por el momento, faltaba todavía un mes para cursar mi último semestre en la universidad y graduarme de una vez por todas de la carrera que tanto amé y odié. Llegada la una de la tarde finalmente me libré del sopor del sueño y me levanté de la cama con ánimo. Volví la cabeza a las ventanas que aún no tenían cortinas y vi el agua caer con tranquilidad pero sin avisos previos de que se detendría pronto. Comí el rollo de salmón que sobrevivió a la noche anterior y un par de huevos con café instantáneo. A las tres de la tarde ya estaba listo para salir pero la lluvia me detuvo. Se mantuvo igual y un frío cortó el cálido ambiente que había quedado al cocinar mi desayuno de la tarde. Recuerdos de la niñez pasaron fugaces, los juegos dentro de la casona donde vivían mis abuelos; las visitas ocasionales de mi primos que marcharon al extranjero; la insistencia de mis amigos en saltar con ellos en los charcos, y casi arrojándome a ellos si me resistía; Las galletas dulces con chocolate de mamá al verme llegar empapado y sentarme con papá a ver algún partido así no me gustaran los deportes, me hacían sentir calor en el estómago y el pecho, no una masa deforme y helada como un cubo de hielo pasando de mis entrañas a mi garganta obligando a tomarme de los brazos. No me di cuenta cuando comenzaron a caer las lágrimas, lo hicieron sin queja alguna, me calentaban el estómago pero el corazón seguía frágil, quería hacer una pataleta; pedirle a mamá y papá que regresaran al país y me acompañaran. Imposible.

Después de un rato dejando que las lágrimas corrieran pude al fin secarlas, el frío me quemaba. Salí a las ocho de casa y mientras bajaba cada escalón decidía qué hacer; un bar podría ayudar. No por el alcohol, pero el ambiente de un bar es tan hogareño como el de tu propia casa.

La pequeña ciudad me saludó con insomnes luces invadiendo la noche, despertar de un enjambre de luciérnagas, titilando estáticas, los sonidos que salen de los numerosos bares y cantinas se confunden con las voces de la gente a las que no les importa mojarse con tal de disfrutar el cielo nocturno.  

Caminé recto hasta encontrarme el restaurante de sushi: vacío. Así también lo había encontrado el día anterior, como si la gente supiera (o sabe) que hay cosas mejores, o tal vez sea el hecho de que, siendo ciudad, conserva lo suficiente de pueblo para no probar cosas nuevas. Me dirigí al bar de al lado y no me agradó, una música estridente que no supe definirla, gente de discoteca aún más ruidosa que la música y no había donde sentarse salvo la barra, donde por desgracia estaban puestos los altavoces. Tres clones del mismo bar se presentaron frente mí, hasta la gente se parecía y chillaba de la misma manera, no pude fingir mi disgusto. Seguí mi camino hasta llegar a un callejón donde un olor familiar me llegó a la nariz y no fue difícil detectar el bar de rock, pues varios hombres con chaquetas de jean estaban fumando afuera con cervezas tamaño familiar en la mano sentados en la acera, hablando de sus asuntos, de bandas, de cualquier cosa. Las luces del bar apenas se asomaban, y cuando estuve frente a ellas me di cuenta de que la entrada, la que parecía originalmente la de un parqueadero, llevaba hacía abajo como un subterráneo. Como si la niebla causada por el frío de la lluvia en una montaña se hubiera instalado allí abajo, las paredes cubiertas de vinilos de clásicos de los noventa y las caras de los Beatles me saludaban en la pared del frente. Estaba lleno, salvo la barra, una barra pequeña con apenas cinco sillas, todas vacías, con el barman delante y su ayudante rodeando la barra para llevar tequila a una de las mesas más alejadas. Mujeres vestidas con la parsimonia de una chica gótica, o con la camisa hecha jirones dejando ver su sostén negro con encaje. Fumando, bebiendo y riéndose, el golpeteo repetido en el baño de hombres, alejado de todas las mesas.

Me gustaba, me gusta la esencia que respira el bar. Algo más real que la falsa efusividad de los otros bares junto al restaurante de sushi, real pero ensoñador para sentirse tranquilo mientras se bebe.

Me senté frente a la barra y esperé mientras intentaba fundirme con el ambiente. El humor que respiraba apenas se notaba, era el aroma natural del alcohol y tabaco lo que adornaba el lugar, rock suave pero lo suficientemente animado para que la gente siguiera bebiendo. Pedí una cerveza mientras se caldeaba el ambiente. Desde la barra apenas se podía ver la entrada, una boca negra invitando a una noche helada. La cerveza fue un alivio en medio de tanta nada, ese nuevo inicio tan desagradable que me invadía. No esperaba nada ahora, solo encontrar una salida para la soledad. Un compañero de piso, o tal vez dos. Había espacio, se compartirían los gastos básicos, hacerse amigos y salir a festejar, beber en este bar oculto. El repiqueteo en el baño de hombres paro y una pareja sin disimular ni un poco salió de él. La mujer apenas y quería acomodarse la falda pero él ya estaba organizado y con una cara de autosuficiencia. No pude evitar reír por lo bajo.

Segunda noche.

Desperté con ella a mi lado, aun vestidos con la ropa del día anterior. Sentía su respiración suave, casi imperceptible, mientras una lluvia fuerte pero tranquila nos arrullaba, invitándome a dormir otra vez. Intenté recordar cómo había regresado a casa con Alexandra. Cerré los ojos intentando concentrarme en la lluvia y recordar la llovizna del día anterior, recordar como habíamos terminado en mi cama, con el aroma de su perfume por mi cuello, y el del tabaco en mis manos.

La conocí entrada la noche, en el bar. Eran las dos de la mañana. Seguía bebiendo cerveza cuando ella entró, y sentada en la barra pidió vodka, la botella entera. Bebió hasta que el alcohol se le notaba en la cara. Comenzó a llorar y nadie se inmutó, la mirábamos en silencio, mirándola llorar, levantar la botella y tragar como si fuera agua y ella estuviera sedienta, tenía ya el rostro enrojecido por su tristeza, pero no parecía parar. Su llanto me recordó al de un niño abandonado y luego me recordó en la situación nueva en la que estaba. Lloré junto a ella, lloramos juntos, con ganas, como si fuéramos uno solo, desintoxicándonos de ese veneno en nuestro corazón, del miedo del futuro incierto. La gente se había desdibujado para mí, ahora en el bar solo había dos personas. Nos presentamos brevemente y aunque no quiso decirme la razón de por qué lloraba me pidió que la acompañara por ese día, me quedé junto a ella, mojándonos bajo la lluvia mientras encontrábamos una cigarrería y donde comprar más alcohol una vez cerrado el bar. Sentía el perfume de su cabello, un vago olor a lavanda y alguna fruta silvestre, puede que mora o fresas, luego el olor a los cigarrillos elevándose en densas volutas de humo frente a la ventana, en mi apartamento, escuchando shoegaze y rock suave para pasar el resto de la madrugada. Nos acostamos a eso de las cuatro aun sin poder dormir, me pidió que no la dejara ir. Así que ambos sobre mi cama nos abrazamos, yo acariciando su cabello con su cabeza en mi pecho, en una calidez familiar, nos quedamos como si nos conociéramos desde hace muchos años, tal vez vidas pasadas, como si nuestras almas estuvieran en sincronía en una canción espectral y la lluvia fuera quien nos dijera a qué ritmo debíamos estar.

Nos levantamos a eso de las tres de la tarde, ella tomó un baño y luego se sentó conmigo a la mesa. Pedí comida china para los dos y comimos en silencio. No hablamos mucho, volvimos a la cama y escuchamos esta vez la lluvia caer con fuerza dándonos suaves caricias para apaciguar el frío que invadió la casa. Intercambiamos número de teléfono y fue a su casa a cambiarse. Prometió estar en el bar de nuevo, me dijo que siempre estaba abierto, sin importar el día… Salí esa misma noche esperando encontrarla de nuevo.

Me senté junto a la barra a pesar de que el bar estaba casi desierto, pedí un desarmador para calentarme. La música apenas se escuchaba ante el sonido de la lluvia. El barman quedamente me decía que si seguía así probablemente el local se inundaría y tendríamos que usar una canoa para beber en el bar. Nos reímos de aquellos chistes algo forzados gracias al alcohol. Miraba las fauces del bar, esperando que llegara, esperé sentado, y luego fuera del bar después de haber cerrado, la calle empezó a sentirse sola y peligrosa, incluso en un lugar relativamente pacifico como Sabaneta. El frío disipó el cigarrillo y el whisky. No me quedaba más que regresar a casa decepcionado. Subí los cinco pisos del edificio y volví a la cama aunque no tuviera sueño, escuchando nuevamente la lluvia que se había convertido en tormenta. En una inocencia casi infantil soñé que nos encontrábamos frente a la casa el día siguiente, que la invitaba a comer, a ver una película en cine del centro comercial, tal vez sentarnos en la plaza y comer una hamburguesa barata mientras atardecía y la gente alimentaba a las palomas de la iglesia; escuchar a los adolescentes que aprovechaban sus últimos días de vacaciones. Mil pensamientos más me cruzaron por la cabeza hasta quedarme dormido.

Tercera noche.

Nuevamente me despertó la lluvia con su suave tintineo junto a la ventana. El día estaba gris, y al asomarme vi que algunas calles estaban inundadas gracias a las alcantarillas taponadas de basura. No tenía ganas de salir de casa, así que preparé algo de comida con lo que aún había en la nevera y un abundante chocolate de pasta. Volví a cama y leí algunas páginas del libro de turno (el capitán Alatriste en esta ocasión). No me levanté de cama hasta haberlo terminado. Aún era temprano aunque parecía que ya había llegado la tarde, similar a la de un domingo aburrido, aquellos en los que no quieres salir en todo el día, prender el televisor y ver una de aquellas películas malas de acción.

Ordené pollo frito y puse algo de metalcore para ambientar y disipar el sonido de la lluvia que me recordaba la cama tibia que me esperaba en mi cuarto, un baño con agua caliente, y unas pocas horas en el computador viendo tonterías. Luego me preparé para salir, sin saber muy bien a donde ir, no quería quedarme en casa. Todavía estaba incomodo en el lugar aunque lentamente todo me era más familiar, decidí no forzarme demasiado en acostumbrarme, aunque supe que pronto pasaría. Tomé una chaqueta, mi mochila con un par de libros y una sombrilla, y comencé a caminar por la calle principal viendo a donde ir. El cine era una buena idea o quedarme cerca al centro comercial, en el pequeño parque subiendo las escaleras que daban a una pequeña plaza con bares y restaurantes cerrados. Erato, como la musa de la poesía. Creo que por eso era el nombre, no lo recuerdo bien.

No había nada en cartelera así que terminé sentándome en la cafetería del lugar, abrí el libro al azar y simulé leer, cerré el libro y a continuación saqué el teléfono y unos audífonos, no recuerdo que había en ese momento, probablemente Death cab for cutie, o la única canción de los Smiths que me gusta, siempre he tenido un tipo de aversión con esas bandas que de la nada son populares entre las personas que basan su vida en aparentar. 

El resto de la tarde pasó con tranquilidad, la llovizna caía sin señal de que algún día las nubes se disolvieran y el suelo empezara a secarse. Con seguridad una invasión de hongos y moho llegaría luego de llover. La noche llegó pronto y las luces del parque se encendieron en un destello naranja. La gente aunque lloviera se sentó en las empapadas escalas que rodeaban la cornucopia del parque en la que ocasionalmente se celebra alguna que otra obra de teatro cortesía de la casa de la cultura. Todos llevando chaquetas de cuero lo suficientemente gruesas para no destilar agua en sus ropas, y su inseparable cerveza en mano, bebiendo con ganas para olvidarse del frío.

Quise sentarme allí pero no tuve el valor y arriesgarme a coger una gripe. Partí a eso de las ocho y pensé en dirigirme a casa, ordenar sushi de un restaurante japonés (bueno) pero la pereza me venció y terminé en el mismo lugar de la vez anterior con su sushi mediocre y la música tropical de los bares de al lado. Terminando de comer la vi cruzando la calle. Con un vestido sencillo con estampados florales, unos tacones de cuero, una mochila enorme y su bolso, sostenía una sombrilla negra con una gran flor amarilla. Emocionado me apresuré e instintivamente al pagar fui casi corriendo, olvidándome de la lluvia, directo al bar.

Bajé las escaleras y el calor humano que caldeaba el ambiente me rodeó, a pesar de estar empapado me sentía seco, fresco. Tomé una cerveza mientras que con la mirada la buscaba. Busqué en los rincones cubiertos de humo, o en la entrada quizá fumándose un cigarrillo mientras la lluvia ofrecía el contraste pero no. No estaba allí. Volví a decepcionarme, me quedé escuchando la música suave del día, escuchando el tintineo en el baño de hombres, viendo la clientela que fumaba en sus vaporizadores ocultándose entre el humo que se formaba alrededor de estos. La misma pareja salió del baño, ajustándose el pantalón, arreglándose la falda, con caras de satisfacción en sus rostros. ¿Lo había hecho yo en un baño alguna vez? Creo que no, no recuerdo haber tenido ese tipo de experiencias, ni siquiera en un motel o algo que se le pareciera.

Después de la cerveza me había puesto a charlar con el barman una vez más sobre lo que saliera a colación. En cierto punto nos quedamos observando como una chica pelirroja entraba al bar y se encontraba con su novia, se besaban y luego terminaban. Llegadas pues las doce la vi. Esta vez su cabello castaño rizado estaba lacio, humedecido por la lluvia, aun sostenía su bolso y una gran mochila. Saludó al barman y le pidió una botella de whisky para llevar y media de jäggermeister con algunas cervezas. Pagó y mirándome a los ojos me pidió que fuéramos a casa.

Caminamos sin molestarnos siquiera de cubrirnos con su sombrilla, aunque la llovizna era suave, logramos acomodar todo en mi morral pero sin evitar que los libros se mojasen. Con paciencia caminamos por las calles desoladas por la lluvia, evitando los atajos, e incluso de llegar al edificio donde vivo, sin razón aparente. Quizá no queríamos que la noche terminara tan rápido, tal vez admirar la penumbra del pueblo, la soledad que nos rodeaba. Al llegar a casa estábamos empapados. Yo desempaqué el alcohol mientras ella abría su mochila. Tenía carne preparada para hamburguesas, espagueti, zanahoria rayada, arroz ya preparado con pequeños hilos de vapor saliendo una vez abrió el contenedor. Sin siquiera hablar ya sabíamos que haría el otro, pronto ella encendió los fogones de gas mientras apelmazaba la carne de hamburguesa dándoles forma de disco, y el agua para la pasta empezaba a hervir. Yo mientras tanto puse algo de música, esta vez Yamagen y su marcha de los muertos vivientes sonaba perfecto, con la vista que ofrecía la noche, un azul oscuro con pequeños visos rojizos aunque el sol no hubiera tenido su fuerza usual, y claro está, la lluvia insistente.

Many scars buried deep inside of my heart…

Mientras recuperábamos algo de calor, y olor de la comida me abría el apetito, hablamos quedamente sobre nosotros, sobre su vida y la mía, preguntándonos cosas que pudimos intuir al poco tiempo. En silencio nos reconfortábamos, sabiendo de la existencia del otro. Cuando la comida estuvo servida me pidió que cambiara la música, a su petición puse polkadot stingray y su rostro me enseñó una amplia sonrisa, hacía una semana ella había descubierto la banda… reímos. Comimos en relativo silencio, escuchando la lejana lluvia. Bebimos algo de whisky y lavamos los platos, luego ella pidió elegir la música, en su celular había una gran lista, pero no hubo prisa, nos sentamos en el sofá destapando las cervezas, y preparando shots. Cuando todo estuvo listo apagué las luces y encendí el televisor aunque lo silencié. Bebíamos y reíamos, inventábamos algún juego para beber pero inmediatamente lo descartamos. Tomamos todo el whisky y la mitad de las cervezas, aún quedaba el jagger casi intacto. Cada shot era pasado con cerveza, hasta que nos dimos cuenta que no podíamos beber más por el momento. Miramos hacia la ventana, la lluvia apenas se veía, parecía que finalmente se iba a detener. Hasta que un rayo que se ramificó en cuatro nos dijo lo contrario.

Continuamos bebiendo hasta acabarse todo lo que trajo, la somnolencia nos tomaba ventaja. Nuevamente nos acostamos sin cambiarnos de ropa, o desnudarnos. Se recostó sobre mi pecho y en una voz que iba desvaneciéndose por el sueño le pedí que viniera a vivir conmigo. Ella no respondió, un profundo suspiro me hizo saber que se adelantó. Cerré los ojos y no soñé nada.

Cuarta noche.

Despertamos temprano, la lluvia seguía cayendo con suavidad. Mientras ella tomaba una ducha y el vapor salía por la pequeña abertura de la puerta, yo preparaba un desayuno sencillo: huevos revueltos, queso, y chocolate caliente que con suerte sabría mejor esta vez.

Nos preparamos para salir a eso de las dos, no hablamos mucho, nos tomamos de la mano, entrelazando los dedos cerca mientras sostenía la sombrilla, intentando cubrirnos, mantener el calor. La llevé cerca al bar, a un café escondido entre casas y locales pequeños. Me dijo que trabajaría hasta entrada la noche… pero nos veríamos en el bar, o en casa. Sonreí y le dije que estaría aquí una hora antes de que terminara. Me dio la espalda al entrar al café. Dudé si preguntar de nuevo, temí hacerlo. Me di la vuelta, caminando contra la lluvia, regresando a casa. Así el día pasó silencioso, leí sin saber bien de que iba el libro. Me detuve dos horas después, sintiendo un frío penetrante entrando por la ventana cerrada en la sala. No supe que hacer, me sentí como un niño a quien han dejado solo y carece de esa independencia que hace a los adultos, adultos. Quería matar el frío de la lluvia, de mi pecho, de mis miedos, todo en un solo golpe.

El frío se acentuó al anochecer, llevé un abrigo, aun sabiendo que esta vez no era la lluvia. Caminé con lentitud, pensando en que hacer esta noche con ella, iríamos al bar seguramente, ir a casa, comer algo, ver una película, escucharla hablar de lo que fuera; el silencio no sería eterno con ella, así callara y mirara directo a los ojos.

Al llegar al café la vi en su uniforme negro, sirviendo tazas a una pareja sentada fuera. Al entrar me miró con ojos relucientes, invitando a sentarme al fondo, en un sillón bastante amplio de cojines rojos, examiné el lugar: un espacio pequeño pero cálido; dos mesas y tres sillas para sentarse en la barra, todo decorado con filtros antiguos, viejos costales cargados de grano, y el inconfundible aroma del café caliente y cargado. Luego de haber ordenado un capuchino a su compañero y esperaba a que llegara me saludó intentando mostrar todo lo que ella sabe, como una niña pequeña que muestra sus juguetes favoritos a su compañero en la escuela. Sonreí, sonreí mucho mientras la escuchaba. Aún falta para cerrar, me dijo. Asentí. Me marché a comprar algo y pronto volvería. Me apeteció preparar algo para los dos: una pizza casera no estaría mal. Bajé por los callejones desiertos e inundados hasta una tienda cercana y compré los ingredientes, también un poco de chocolate y harina para hacer brownies para acompañar una noche de películas.

Cuando volví al café un taxi nos esperaba, Alexandra llevaba una gran maleta seguida de otros más pequeños casi todos puestos en el maletero, ayudé a subir los últimos paquetes y nos encaminamos a casa. No osé preguntar que había en las maletas pero su contenido era evidente: ropa, vestidos, zapatos, regalos de viejos amores; recuerdos familiares y de amistades que quizá aún estén en su corazón. Me escuchó antes de dormir, fue entonces una jugarreta, darme una sorpresa para hoy. No demoramos mucho antes de llegar a casa, tomamos todas las cosas como pudimos y las dejamos frente al ascensor. Una vez puestas todas las maletas dentro, aspiré profundo y presioné el botón. Los nervios me carcomieron los pocos segundos que estuve dentro pero al llegar me tranquilicé y acepté que podía usarlo de vez en cuando.

Al entrar al apartamento y encender la luz un sonoro trueno resonó hasta hacer temblar las ventanas, la llovizna pasó a ser un vendaval. El frío en mi cuerpo volvió como una helada ráfaga hasta hacerme tiritar, ella se dio cuenta, lo vi en su rostro cuando volteé a enseñarle su cuarto. Me pidió que le ayudara con unas cuantas cosas, organizando espacios, ordenando sus figuras de colección y dos peluches, pusimos en el escritorio de invitados su computadora, y cinco libros clásicos (Don Quijote, la Eneida, los dos gigantescos volúmenes de los miserables y Frankenstein). Alexandra se puso a organizar sus vestidos perfectamente doblados en los ganchos y cajones que tenía mientras yo me dirigí a la cocina. No me tomó mucho tiempo en tener una pizza lista, y solo debía esperar a que el horno calentase. Mientras rompía los huevos y preparaba la mezcla de chocolate, escuchaba en el cuarto cercano al mío su voz, tarareando una canción que habríamos escuchado la primera vez que vino. Sentí frío de nuevo, el calor que irradiaba el horno no era suficiente para calentarme. Sentí su voz más cerca y mis lágrimas salieron casi presurosas. Un dolor que salía con fuerza, hería el pecho silencioso. Me gustó aquel dolor.

Sentí sus pasos, el sonido del tacón de cuero. Sequé mis ojos y metí tanto el brownie como la pizza al horno, e hice como si no la hubiera sentido. Unos brazos delicados y esbeltos se aferraron a mi pecho y el perfume de su cabello me inundó la nariz. Nos quedamos así minutos, horas quizá. Sin mediar palabra se alejó y encendió el televisor, buscando algo interesante para ver. Me quedé en la cocina lavando, hablándole en voz alta sobre mi futuro además de la universidad, qué trabajo conseguiría a continuación. Nos sentamos al lado y mientras se enfriaban los brownies, apagamos las luces y nos pusimos a ver una película de terror. Su cabeza apoyada sobre mi hombro, su peso reconfortante, su perfume, me sentí en una calma que aletargaba.

Luego de la pizza y brownies nos quedamos hasta la medianoche hablando sobre qué haríamos luego, de cómo se había dado cuenta de mis intenciones estando dormida, pero también…también sobre mi miedo intenso de no saber qué hacer cuando ella no esté, si se marchará persiguiendo ese sueño que todos hemos buscado alguna vez. No respondió, salvo una sonrisa amplia, sincera. Se iría pronto, lo sabía ahora, sabía que nos diríamos adiós al finalizar el año. Ella, como yo, tenemos una pena en el corazón que no se calmaría con la presencia del otro. Recuerdo sus lágrimas en aquel bar cuando la conocí. Quería decir algo más pero me contuve. El silenció me ganó, es nuestra relación. No hablamos más esa noche.

Ella se daba un baño caliente, y el perfume de su cabello me llegaba desde el cuarto. Yo encargaba alcohol, mucho, que llenara las licoreras de la sala, beberíamos la mitad y continuaríamos insatisfechos. De nuevo el frío en mi pecho atacó. No lloré esta vez, me abracé hasta recuperar aquello que perdí, buscando que el corazón palpitara más fuerte, que estallara, que terminara congelándome o ardiera hasta ser cenizas, un trago, sus labios, sus dedos delicados en mi cabello, su cabeza contra mi pecho. Un sueño placido que durara dos días enteros. Pronto llegó el alcohol. Ron, whisky, aguardiente, vino tinto, pan relleno de carne de un restaurante italiano. Sí, sería suficiente por hoy.

Ella entró en ropa interior al cuarto, bragas negras y diminutas, corpiño a juego, su cabello caía sobre sus hombros y me miraba con curiosidad, se sentó conmigo en la cama, destapamos primero el whisky bebimos hasta la mitad, luego fumó abriendo un poco el balcón aunque volvió haciendo muecas al empaparse de nuevo. Reí, reí con ganas. La arropé y seguimos bebiendo, poniendo música al azar de la radio. Al finalizar la primera botella continuamos con la siguiente, y la siguiente, hasta ser pronto media noche. Nos detuvimos ahí. Me levanté a poner más música pero ella me detuvo en un abrazo fuerte, me arrojó a la cama. La tormenta estalló aún más fuerte, el sonido de las gotas de agua se convirtió en ruido y luego en un silencio constante, la besé. Nos besamos con fuerza, con ternura y delicadeza. Nuestras ropas desaparecieron tan fugaces como un rayo surcando el cielo. El calor de su piel, de sus pechos y de su sexo al tacto de mis dedos. Su voz jadeante opacando el de la lluvia, el confort de sus ojos destellando mientras arañaba mi espalda.

La tormenta. Truenos, relámpagos y el ruido gris de la lluvia golpeando la ventana. Nos quedamos en cama todo ese día, abrazándonos acurrucados bajo las sabanas. Al llegar las doce de la noche del día siguiente cerré los ojos evitando que el frío escapara de nuevo, pero era imposible, era imparable como esta llovizna que se convirtió en tormenta. Pero estaba bien. Debía llover, tendría que parar alguna vez aunque no lo pareciera. Mis ojos se nublaron ante tanta lluvia, e infinidad de truenos salieron de mi boca. Nos besamos nuevamente abrazándome con fuerza cuando nuestros labios volvieron a ser nuestros, yo correspondí con más fuerza aún. Pasó una hora, luego volvimos al ruido, al sonido, a las gotas rezagadas cayendo. Silencio. La llovizna terminó.

¿De qué escribir cuando se está vacío?

Me siento vacío, vacío de alma, de emoción. Vacío de todo, imaginación. Me duermo una y otra vez a crear a expresar lo que siento como hacía en mis años más inocentes, y ahora que tengo experiencia me he quedado seco.

Estoy solo añorando no estarlo, al mismo tiempo deseo estar solo, tan solo que mi alma – si es que aún poseo una – se desvanezca. Un cuerpo que vive sin hacerlo. No hay mente. Una máquina vacía que actúa por inercia; come y bebe porque ese es el combustible, no hay razones del Por qué, la muerte se ve lejana al punto que desaparece, entonces el miedo lo hace igual. ¿Para qué escribir entonces de algo que ya no existe?

El amor desaparece, y la belleza y su sensibilidad se convierten en colores desteñidos por la lluvia y el aire. Vacío, estoy muy vacío. Todo en mi vida pesa poco, cómo partículas minúsculas, microscópicas en una gran jarra vacía. No, no me tranquiliza ese pensamiento y no me perturba lo suficiente para hacer algo al respecto.

No puedo comprometerme lo suficiente en algo. Las relaciones, mi escritura a quien he puesto como lo más importante. Estoy desnutrido, de alma, de amor, de todo. Mi identidad es (o era) escribir, y sin ello estoy así, vacío. Sin embargo cuando intento escribir algo que quiero o mi alma, aquella cosa indefinible, suelta una de sus milagrosas chispas, mi cuerpo de mueve, se agota, y aquella chispa se apaga como las estrellas moribundas. Es un ciclo vicioso: no me siento completo al no escribir, mi vida se siente vacía, y escribo sin éxito cuando quiero expresar algo.

Sin emociones más allá del vacío. El vacío es un agujero negro, un sentimiento eterno que conduce a su mismo significado, vacío, nada…

Entonces… ¿De qué puedo escribir cuando se está vacío? De nada…

Borrador desechado, San Valentín

La noche vino silenciosa, y así partió. El alcohol, las risas partieron, de nuevo la soledad me tomó entre sus garras, oprimiendo mi corazón… Solo, siempre solo por más que luche contra ello…

Me siento incompleto. No estoy vacío pero tampoco lo suficiente lleno de todo lo que necesito para que mi alma pueda resonar. Quiero amar, pero mi corazón no late, quiero odiar pero no hay llamas; quiero morir pero la muerte no susurra en mi oído. Estoy incompleto entonces. Los días transcurren sin pena ni gloria y continúan así hasta que me doy cuenta que no he logrado nada, mis metas murieron y es imposible retomarlas. No tengo nada a lo que aferrarme pero tampoco las suficientes razones para quitarme la vida sin arrepentimientos.

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Para C

Somos lejanos y sin embargo acercarme a ti es lo que mi alma busca. No lo lograré, somos lejanos. Nuestras almas no se sincronizarán, y el alcohol, la soledad se convierten en una barrera. Mis palabras no servirán, no así. Seré olvidado.

C. Quisiera ser para tí. Llevarme tus labios, tu alma, cegarme con ella.

Blog: escritores, blog comunitario

Desde hace un tiempo pensaba en volver este blog en algo comunitario, cosa que va en contra de lo que me gustaba originalmente pero también entre mis metas está impulsar a la gente a escribir, que sea crítica, que crezca en conjunto.

Una de mis amigas de internet, después de un proceso personal extenso y duro volvió a escribir, quiero no solo ayudarla a qué mejore, sino que como equipo crezcamos, concursemos y ganemos como nuestras metas principales.

Se siente extraño que después de tanto tiempo haga este cambio pero creo que puede ser para bien. Quizás con este proyecto pueda animarme a impulsar a otro amigos a escribir en este mismo blog, o también, hacer los suyos…

Diario del escritor 6: 24/01/2020

Aceptar que un escrito sea cuento, poesía o un simple ensayo no sea bueno es difícil, es un golpe al autoestima y ego. De que sea una perdida de tiempo y energía pero debe hacerse. Mejorar no se hace de la noche a la mañana, requiere esfuerzo, autocrítica, ser selectivo. Escribir es crear, pero todo lo creado no es una obra maestra, debe quedar claro eso. Ponerse excusas para las creaciones débiles, es justificar que la obra es buena tal.como está.

También es necesario que el público lea y critiquen lo que leen, sea bueno o malo. La mediocridad puede perpetuarse por lado y lado: el escritor crea algo mediocre y el lector principiante, amigo, o con poca selectividad aplaude. El creador entonces considera que su obra es perfecta tal y como está y procura replicar la fórmula para recibir esa motivación del lector.

No digo que el lector deba ser un erudito, pero si tener criterios, más allá de ortografía y gramática. También está la historia, la composición, la originalidad, evaluar lo que lee aunque no sea fácil. El escritor entonces debe tomar lo que el lector dice, saber cuándo es algo cierto o cuando es un sesgo. Escribir es difícil, mejorar en la escritura lo es aún más.

Cuando veo escritos en las redes sociales populares (Facebook, Twitter, Instagram, Wattpad), los autores suelen no solo ofenderse ante la crítica, además procuran estar en una posición de poder. “No entendiste lo que quise decir, es que tú no sabes nada sobre el género que escribo, no soy profesional entonces dices que es malo, tienes envidia, no sabes de escritura” son las excusas más vistas. En persona es casi lo mismo, aunque se agregan algunas otras frases y excusas, además de que el escritor mediocre suele justificarlo con contextualizar la obra, algo que no puede hacer por siempre. Explicarlo todo es un error que se comete seguido.

¿Cómo afrontar esos errores? Saber cuándo la batalla está perdida, leer mucho mucho más tanto escritor como lector. Tener bases, tener variedad. Experimentar la derrota, humildad sin caer en el auto desprecio; tener confianza pero no narcisismo. Es difícil, es imposible llegar a un punto perfecto en la escritura pero hay que afrontarlo.

Proyecto actual: ideas para un concurso al que participaré (el.premio es un bono para libros y un tatuaje relacionado al cuento)

Diario del escritor 5: 18/01/2020

El bloqueo de escritor es una pesadilla constante. La frustración de no escribir a gusto y querer hacerlo deteriora. Los escritos y borradores que salen de esos momentos de sienten pobres o moribundos, incluso si están bien para extenderse en un futuro.

Mi bloqueo del escritor al parecer es constante y mi método para lidiar con él es revisar escritos viejos, sean estos borradores o trabajos que en su momento di por terminados; reescribir o pulir dichos escritos o re imaginarlos de tal manera que se sientan renovados, como si de polvo sobre un mueble tratara, la reescritura es no solo desempolvar, también es hacer barnizar, brillar. Dejar que el aire respire en una habitación cerrada por mucho tiempo.

Por supuesto, el escritor debe encontrar su propio método, y tiene que aceptar que a veces ese bloqueo estará presente hasta que una nueva idea se cruce por la mente cansada.

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